Amadeo trabaja desde los 12 años, y a sus 97 sigue al frente de su taberna

Nació el año del crack del 29 y hoy, casi un siglo después, sigue detrás de la barra sin pensar en jubilarse

Redacción -
Amadeo Lázaro, tabernero de 97 años, posa frente a su establecimiento Los Caracoles, donde sigue trabajando acompañado por hijos y nietos.
Amadeo Lázaro, delante de la taberna que regenta junto a parte de su familia y donde continúa trabajando a sus 97 años.

Hay historias que parecen sacadas de otra época. Historias que sobreviven al paso del tiempo, a las modas y a los cambios de una sociedad que ya casi no se parece a la de hace cien años. La de Amadeo Lázaro es una de ellas.

Amadeo nació en 1929, el mismo año en que el mundo miraba con asombro el crack de la Bolsa de Nueva York y comenzaba una de las mayores crisis económicas de la historia. Lo hizo en un pequeño pueblo de Burgos. Y hoy, con 97 años, sigue trabajando cada día en su bar restaurante, en Madrid. Aunque hay algo importante que puntualiza siempre: él no quiere que le llamen hostelero. Prefiere una palabra mucho más antigua, mucho más humana y mucho más ligada a su manera de entender la vida: tabernero.

Porque para Amadeo, la taberna nunca fue solo un negocio.

Lleva trabajando desde los 12 años. Ocho décadas y media de esfuerzo, conversaciones, cafés, comidas, vasos servidos y miles de historias escuchadas al otro lado de la barra. Cuando abandonó su pueblo en plena época del éxodo rural, buscando oportunidades lejos de la España vacía, el trabajo en la taberna apareció casi por casualidad. Pero lo que comenzó siendo algo circunstancial acabó convirtiéndose en una vocación.

Hoy sigue sin plantearse una jubilación total. No contempla desvincularse completamente del negocio porque, en el fondo, la taberna forma parte inseparable de su vida. Allí continúa acompañado por parte de su familia: dos hijas, un hijo y un nieto trabajan con él, además de otros colaboradores que mantienen vivo un establecimiento que ya es mucho más que un local.

Es una forma de entender la vida.

Amadeo tuvo siete hijos y presume de una familia que ha convertido el negocio en algo generacional. La taberna sigue respirando gracias a ellos, pero también gracias a una filosofía muy concreta que él ha defendido siempre. Una filosofía sencilla, directa y profundamente humana.

“La taberna ha sido mi universidad”, explica. Y añade una frase que resume toda una manera de ver el mundo: “Una universidad en la que todos aprenden de todos”.

No habla de estudios ni de títulos. Habla de escuchar, convivir, compartir y conversar. De la barra como punto de encuentro. Del café como excusa para hablar. Del bar como refugio cotidiano de pueblos y barrios enteros. Para Amadeo, la taberna sigue siendo “el ateneo del pueblo”.

En una época marcada por las pantallas, la prisa y las relaciones cada vez más impersonales, su visión resulta casi revolucionaria.

A sus 97 años mantiene intactas dos ideas que han guiado toda su vida. La primera: “Vivir con las botas puestas hasta que la munición se acabe”. La segunda: “Vivir amando a los demás más que a sí mismo”.

Dos frases que explican quizá por qué sigue levantándose cada día para ir a trabajar después de casi un siglo de vida.

Porque para Amadeo, la taberna no es solo un empleo.

Es una necesidad para vivir.
Y, sobre todo, para seguir conversando.

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